By: Allan Astorga Gättgens
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Cómo la evidencia reciente de la selva amazónica activa una lectura estratégica integrada con las tendencias globales del clima y la planificación territorial
En un artículo anterior publicado en la plataforma SALVETERRA, titulado “A las puertas del punto de inflexión: la verdad climática que no podemos ignorar”, se expuso una idea central que hoy cobra aún mayor relevancia: el sistema climático global ya no se comporta como un sistema estable que fluctúa alrededor de un equilibrio, sino como un sistema que empieza a mostrar señales coherentes de un cambio de régimen.
Aquella reflexión no se apoyaba en eventos aislados ni en titulares sensacionalistas, sino en la observación acumulada de patrones persistentes: anomalías térmicas sostenidas, alteraciones en la circulación atmosférica, pérdida de capacidad amortiguadora de océanos, criosfera y grandes masas forestales. El mensaje era claro: el problema climático actual no es únicamente una cuestión de incremento de temperatura media, sino de pérdida de estabilidad funcional del sistema Tierra.
En este contexto, la evidencia reciente sobre el debilitamiento de la Amazonía no aparece como una sorpresa, sino como una confirmación. Cuando uno de los mayores reguladores climáticos del planeta comienza a fallar en su función, la señal deja de ser abstracta y se vuelve concreta, medible y, sobre todo, estratégica.
Durante décadas, la Amazonía fue presentada principalmente como el “pulmón verde del planeta”. Aunque esta metáfora ayudó a visibilizar su importancia ecológica, desde el punto de vista climático resulta incompleta. La función más relevante de la Amazonía no es simbólica, sino física y dinámica: actúa como un gigantesco sistema de reciclaje de humedad y de regulación energética.
A través de la evapotranspiración, millones de árboles bombean agua desde el suelo profundo hacia la atmósfera, liberando vapor de agua que posteriormente se condensa y precipita. Diversos estudios indican que entre un 30 % y un 50 % de las lluvias que caen sobre la cuenca amazónica provienen del propio bosque. Este mecanismo genera una “memoria hídrica” que permite mantener la estabilidad climática incluso durante periodos secos.
La humedad generada no se limita al ámbito regional. Los denominados “ríos voladores” transportan vapor de agua hacia los Andes, el sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el norte de Argentina. Además, la liberación de calor latente asociada a este proceso influye en la circulación atmosférica tropical y subtropical, modulando patrones que pueden alcanzar latitudes medias, incluyendo Europa.
Cuando este sistema funciona correctamente, la Amazonía actúa como una infraestructura climática natural de escala planetaria. Cuando se degrada, el impacto no es local, sino sistémico.
En los últimos años, múltiples observaciones indican una reducción progresiva de las precipitaciones en amplias zonas de la Amazonía, acompañada de sequías más frecuentes e intensas. Esta tendencia ha sido divulgada recientemente incluso en medios generalistas, subrayando que la selva comienza a mostrar signos de estrés funcional.
La disminución de la lluvia implica una menor evapotranspiración, lo que a su vez reduce la liberación de calor latente a la atmósfera. Este cambio altera la dinámica de la convección tropical y debilita uno de los motores fundamentales de la circulación atmosférica regional.
Este proceso no ocurre de manera aislada. Se superpone a décadas de deforestación, fragmentación del bosque y aumento de la temperatura global. El resultado es un bucle de retroalimentación positiva: menos bosque implica menos humedad reciclada, menos lluvia y mayor vulnerabilidad del ecosistema restante.
Lo relevante desde una perspectiva estratégica no es solo la degradación ambiental, sino la pérdida progresiva de eficiencia de una función climática global. Cuando un regulador de esta magnitud comienza a fallar, los efectos se propagan por todo el sistema climático.
Los acontecimientos observados durante el mes de enero ofrecen un contexto adicional para interpretar lo que ocurre en la Amazonía. En distintas regiones del planeta se registraron patrones atmosféricos persistentes, bloqueos prolongados, extremos térmicos y una notable coherencia entre hemisferios.
Desde un punto de vista científico, el aspecto clave no es cada evento individual, sino la acumulación de señales. Cuando anomalías similares se repiten, persisten y aparecen sincronizadas en regiones distantes, el sistema climático está indicando que su forma de responder a los forzamientos ha cambiado.
La pérdida de funcionalidad de la Amazonía encaja en este patrón general. No se trata de un fenómeno aislado, sino de una pieza más dentro de un sistema que pierde capacidad de amortiguación y se vuelve más sensible a perturbaciones externas.
El debate climático suele centrarse en variables como la temperatura media global o las concentraciones de CO₂. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el núcleo del problema es la pérdida de funciones críticas del sistema Tierra.
Bosques, océanos y criosfera actúan como amortiguadores que estabilizan el clima. Cuando estos sistemas pierden integridad, el comportamiento del clima se vuelve más errático y extremo. En el caso de la Amazonía, numerosos estudios advierten sobre la proximidad de un umbral a partir del cual grandes extensiones podrían transitar hacia estados más secos, similares a sabanas degradadas.
De superarse este umbral, la reversibilidad sería extremadamente limitada a escala humana. Este escenario no implica fatalismo, pero sí una conclusión incómoda: el margen de maniobra se reduce rápidamente y las decisiones tardías se vuelven cada vez más costosas.
La lectura que emerge de este análisis es clara. El cambio climático ya no puede abordarse únicamente desde la reducción de emisiones, sino desde la gestión funcional del territorio. Los grandes sistemas naturales deben entenderse como infraestructuras climáticas activas.
Desde esta perspectiva, la planificación territorial, la restauración ecológica y la gestión preventiva del riesgo dejan de ser políticas ambientales sectoriales para convertirse en políticas estructurales de estabilidad climática, económica y social.
El enfoque de SALVETERRA se inscribe precisamente en esta lógica: analizar el territorio como un componente activo del equilibrio climático y orientar decisiones que permitan recuperar funcionalidad antes de cruzar umbrales críticos.
Advertir que la Amazonía empieza a fallar no busca generar pánico, sino atención informada. Los sistemas complejos suelen emitir señales antes de cruzar puntos de no retorno. Reconocerlas a tiempo permite actuar con mayor margen y menor costo.
La evidencia disponible sugiere que nos encontramos en un momento decisivo. Comprender que el sistema climático está cambiando de régimen y que algunos de sus grandes reguladores pierden funcionalidad es un paso indispensable. El siguiente es traducir ese conocimiento en decisiones territoriales, económicas e internacionales coherentes con la magnitud del desafío.
Ignorar estas señales no las hará desaparecer. Atenderlas con rigor y responsabilidad puede marcar la diferencia entre una adaptación ordenada y una reacción tardía.
1. Lovejoy, T. E., & Nobre, C. (2018). Amazon tipping point. Science Advances, 4(2), eaat2340.
2. Nobre, C. A., et al. (2016). Land-use and climate change risks in the Amazon and the need of a novel sustainable development paradigm. Proceedings of the National Academy of Sciences, 113(39), 10759–10768.
3. Lenton, T. M., et al. (2019). Climate tipping points — too risky to bet against. Nature, 575, 592–595.
4. IPCC. (2023). AR6 Synthesis Report: Climate Change 2023. Intergovernmental Panel on Climate Change.
5. Picazo, M. (2026). La Amazonía se seca: el pulmón verde empieza a fallar y cambia incluso el tiempo en España.
Fuente de la imagen: NASA