By: Allan Astorga Gättgens
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1. Introducción: junio 2025, el mes que rompió todos los récords
La Tierra acaba de vivir uno de los momentos más reveladores y simbólicos de su historia reciente. Junio de 2025 ha sido oficialmente el mes más caliente jamás registrado desde que existen mediciones sistemáticas globales (1). La temperatura promedio planetaria superó todos los récords conocidos, encendiendo una alarma clara sobre el estado actual del sistema climático.
Pero el calor extremo no fue el único signo preocupante: mientras el hemisferio norte ardía con temperaturas superiores a los 40 °C (con algunos sitios que llegaron a más de 45°C), el hemisferio sur, particularmente en Argentina y el Cono Sur, se vio afectado por olas de frío polar con temperaturas mínimas (-10 °C) que no se experimentaban en décadas (2).
Esta disonancia climática no es una casualidad, ni un desequilibrio aislado. Es una señal contundente de que la atmósfera terrestre ha entrado en una etapa de inestabilidad avanzada. El planeta está respondiendo de forma desorganizada a la sobrecarga energética causada por la acción humana. El mensaje es claro: el cambio climático ya no es una amenaza abstracta del futuro. Está ocurriendo ahora, a escala global y con una intensidad creciente(3).
2. El aumento acelerado de la temperatura global
Desde el mediados del siglo XX, la temperatura promedio de la Tierra ha aumentado aproximadamente 1,2 °C. Aunque esta cifra puede parecer pequeña, en términos climáticos representa una alteración enorme de los equilibrios que sostienen los ecosistemas y las sociedades humanas.
Lo más alarmante no es solo cuánto se ha calentado el planeta, sino la velocidad con la que este calentamiento se está intensificando. En las últimas dos décadas, los incrementos han sido más rápidos, y algunos modelos sugieren que podríamos superar el umbral de 1,5 °C de forma permanente en los próximos años.
Este aumento se debe principalmente a la concentración creciente de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono (CO₂), el metano (CH₄) y el óxido nitroso (N₂O).
En 2025, las mediciones atmosféricas indican que hemos superado las 427 partes por millón (ppm) de CO₂, un nivel que no se había registrado en más de dos millones de años(3). Por su parte, las concentraciones atmosféricas de metano en 2024 fueron mayores que en cualquier otro momento en al menos 800.000 años.
Esta acumulación de gases genera un desequilibrio en el balance energético del planeta: más energía entra que la que puede salir, lo que alimenta un sistema atmosférico más cargado, más inestable y propenso a generar eventos extremos.
3. Anomalías y extremos: el nuevo rostro del planeta Tierra
Los eventos climáticos extremos se están convirtiendo en la norma. Este mismo junio del 2025, grandes zonas del Mediterráneo —como Sicilia, Andalucía, el sur de Francia y Grecia— experimentaron olas de calor que sobrepasaron los 45 °C, con mínimas nocturnas que no permitían descanso térmico.
Estas temperaturas, que hace unas décadas eran excepcionales, hoy amenazan con convertirse en habituales durante el verano europeo. Como consecuencia directa, los sistemas de salud colapsan, las cosechas se pierden y aumentan los incendios forestales, como los que arrasaron miles de hectáreas en España e Italia.
Mientras tanto, en el hemisferio sur, Argentina sufrió heladas devastadoras en plena transición invernal, con temperaturas que rondaron los -10 °C en algunas regiones agrícolas.
La simultaneidad de estos eventos opuestos es prueba de un sistema climático profundamente alterado. La atmósfera ya no responde a patrones estacionales previsibles.
Se ha vuelto errática, caprichosa, incluso peligrosa. Las estadísticas climáticas históricas pierden valor predictivo, y eso pone en riesgo tanto la producción de alimentos como la planificación urbana, el turismo, la infraestructura y la salud pública.
4. La circulación oceánica: un regulador clave del clima global
Las corrientes oceánicas profundas, conocidas como circulación meridional de retorno (AMOC en el Atlántico Norte y SMOC en el hemisferio sur), actúan como verdaderas cintas transportadoras de calor, nutrientes y carbono a lo largo del planeta. Estas corrientes redistribuyen el calor desde los trópicos hacia las zonas polares y regulan el clima de regiones enteras. Europa, por ejemplo, disfruta de inviernos relativamente templados gracias a la corriente del Golfo, un componente de la AMOC que transporta aguas cálidas hacia el norte.
Sin embargo, en las últimas décadas, señales de debilitamiento y alteración de estos sistemas han generado preocupación en la comunidad científica. Estudios recientes muestran que la AMOC podría estar acercándose a un punto de inflexión debido al aumento del deshielo en Groenlandia, que introduce grandes cantidades de agua dulce al Atlántico Norte. Esta agua menos salina y más ligera dificulta el hundimiento de las aguas frías, lo que debilita la circulación profunda. De colapsar, las consecuencias podrían ser dramáticas: un enfriamiento abrupto en Europa, alteraciones en las lluvias del monzón africano y cambios en los patrones climáticos de todo el hemisferio norte.
Por su parte, el nuevo hallazgo en el océano Austral(4), donde se ha detectado una inversión en la SMOC, representa otro hito preocupante. El ascenso de aguas profundas cargadas de CO₂ y calor a la superficie, como lo revela el estudio reciente, podría acelerar la fusión del hielo antártico y liberar carbono almacenado durante siglos, afectando de forma global las concentraciones atmosféricas y la temperatura media del planeta.
Estas dos circulaciones, aunque separadas geográficamente, están conectadas en el sistema climático global. La alteración de una puede amplificar o desencadenar cambios en la otra. Lo que ocurra en el océano Austral puede afectar indirectamente la estabilidad de la AMOC y viceversa. Por eso, comprender, monitorear y anticipar los cambios en estos sistemas es vital para predecir los efectos del cambio climático en las próximas décadas.
En resumen, las corrientes oceánicas profundas no son meros movimientos de agua: son mecanismos esenciales para mantener el equilibrio térmico del planeta. Esas corrientes son el sistema de circulación de la Ecosfera terrestre, como lo es el sistema circulatorio sanguíneo a un cuerpo humano. Su debilitamiento o inversión puede desencadenar cambios abruptos e irreversibles en el clima. Ante estas señales de alerta, urge reforzar la investigación, el monitoreo satelital y las políticas de mitigación global para evitar que el sistema climático terrestre cruce umbrales críticos.
5. Producción alimentaria bajo amenaza
Uno de los sectores más vulnerables frente a este nuevo clima desordenado es la producción alimentaria. En particular, los países tropicales están viendo cómo sus cultivos tradicionales empiezan a enfrentarse a límites fisiológicos y ecológicos críticos.
Un estudio publicado en “Nature Food” en marzo de 2025 alertó que el cultivo de banano(5), clave para las economías de exportación en Costa Rica y Colombia, podría perder hasta un 60 % de sus áreas aptas actuales hacia el 2080. El aumento sostenido de temperaturas, la disminución de disponibilidad hídrica y la ausencia de infraestructura adecuada para la adaptación —como riego y transporte logístico— son factores determinantes.
Pero no se trata solo del banano. El café, el cacao, el arroz y muchos otros cultivos tropicales muestran signos de estrés térmico, pérdida de rendimiento y mayor exposición a plagas y enfermedades. La situación amenaza directamente la seguridad alimentaria, la estabilidad social y las exportaciones agrícolas.
En respuesta, es urgente replantear el ordenamiento territorial, la ubicación de los cultivos, el tipo de variedades que se siembran y el modelo productivo. La agricultura y la ganadería regenerativa, el uso eficiente del agua y la diversificación de sistemas alimentarios deben ocupar un lugar central en las políticas públicas.
En el caso de Costa Rica, la planificación territorial con el correcto criterio ambiental y basada en escenarios climáticos futuros se vuelve indispensable.
Se deben identificar nuevas zonas de producción aptas para cultivos estratégicos, invertir en tecnología agrícola y promover esquemas de apoyo técnico para pequeños productores.
El conocimiento del territorio y la ciencia climática deben ser las bases sobre las que se tomen decisiones sobre el uso del suelo.
6. Un caso concreto: Costa Rica y su rol ante un mundo que migra
El cambio climático no solo está transformando la agricultura y los ecosistemas, sino que también está modificando los flujos de población a escala planetaria. La migración climática es una realidad creciente. Millones de personas están siendo desplazadas por sequías prolongadas, inundaciones, huracanes más intensos, aumento del nivel del mar y pérdida de medios de vida. En este contexto, ciertos países podrían jugar un papel estratégico como territorios de acogida. Costa Rica es uno de ellos.
Gracias a su diversidad altitudinal, acceso a fuentes de agua, estabilidad institucional y tradición en conservación ambiental, Costa Rica presenta condiciones excepcionales para convertirse en un modelo de planificación adaptativa. Pero esto no ocurrirá de manera automática.
Se necesita diseñar una estrategia nacional que contemple el reordenamiento ambiental del territorio, la infraestructura de apoyo, el desarrollo económico regional, y, sobre todo, una política clara de integración social.
Si se actúa con visión, el país no solo podrá acoger a turistas climáticos de otras latitudes, sino también revitalizar sus propias zonas rurales, fortalecer su seguridad hídrica y alimentar una economía verde basada en el conocimiento, la innovación y el respeto por la naturaleza.
7. Conclusión: estamos en el umbral — y aún hay decisiones que tomar
El mes de junio de 2025 ha sido un parteaguas. El planeta se está comunicando con fuerza: calor sin precedentes, fríos extremos, incendios, colapsos agrícolas y olas de migración forzada. No se trata de eventos aislados, sino de síntomas de una enfermedad sistémica. La crisis climática está aquí y cada vez es más evidente, y sus consecuencias apenas comienzan a desplegarse.
La ciencia ha sido clara, coherente y persistente en sus advertencias. Lo que falta ahora es una respuesta social y política a la altura de la emergencia. No hay excusas. Cada año que se pierde en inacción significa mayor sufrimiento, más muertes evitables, más pérdida de ecosistemas, más caos.
Pero también hay esperanza. Las soluciones existen. Están al alcance. Requieren decisión, valentía y sentido de responsabilidad intergeneracional. Países como Costa Rica, con sus fortalezas naturales e institucionales, pueden convertirse en faros de esperanza y en ejemplos de cómo enfrentar la crisis climática de forma justa, ordenada y eficiente. El momento para actuar es ahora.
(*) Doctor en Ciencias Naturales, Ceo del SISTEMA SALVETERRA®. Correo: a.astorga.g@gmail.com /www.allan-astorga.com/www.salveterra.info
Fuente: https://climate.copernicus.eu/global-climate-highlights-2024